¿Naturaleza, crianza o ambas cosas? ¿Qué es lo que realmente determina nuestra salud mental?

Publicado el 7 de agosto de 2026
A menudo se suele considerar la salud mental como algo que o bien tenemos o bien nos falta, algo que viene determinado desde el nacimiento. En este artículo, la Dra. Dorota Komar, embajadora de Iguality e investigadora en epigenética, desentraña lo que realmente dice la ciencia: cómo interactúan los genes, el entorno y las experiencias para determinar nuestro riesgo y nuestra resiliencia a lo largo de toda la vida. Es un artículo que explica directamente por qué hacemos lo que hacemos en Iguality: si los entornos determinan la salud mental, crear entornos mejores no es opcional, sino que es nuestra responsabilidad.

Escrito por Dorota Natalia Komar

Los trastornos mentales constituyen una de las principales causas de discapacidad en Europa. La OMS estima que 1 de cada 6 personas en Europa (alrededor de 140 millones de personas) padece un trastorno de salud mental, cuyo impacto en la vida cotidiana puede variar de leve a grave (OMS, Salud mental). Es una cifra asombrosa. Entonces, ¿por qué es tan grave la situación?

La genética influye sin duda, y los problemas de salud mental suelen ser hereditarios. Por ejemplo, el riesgo básico a lo largo de la vida de desarrollar un trastorno depresivo mayor ronda el 10–15%, y prácticamente se duplica si uno es hijo de un progenitor con depresión, alcanzando el 20-40% (Weissman et al., 2021).

Sin embargo, no existe un único “gen de la depresión”. En cambio, son muchos genes diferentes los que actúan conjuntamente y cuyo efecto combinado influye en el funcionamiento de nuestro cerebro y en la forma en que percibimos el entorno. 

Las múltiples vías que van del gen a la mente

Entre los genes más estudiados se encuentran SLC6A4, que codifica el transportador de serotonina. Se ha sugerido que una región bien conocida de este gen (5-HTTLPR) influye en la sensibilidad al estrés. Otro ejemplo, BDNF, es un gen fundamental para el desarrollo cerebral y la neuroplasticidad. Su variante, Val66Met, se ha relacionado con alteraciones en las respuestas al estrés y una mayor vulnerabilidad a la depresión (Wang et al., 2025).

Sin embargo, la relación entre los genes y la salud mental es mucho más compleja. Un amplio estudio publicado en 2025 analizó el panorama genético de 14 trastornos psiquiátricos y reveló una relación matizada entre el ADN y los resultados en materia de salud mental (Grotzinger et al., 2026). El estudio reveló que los trastornos de salud mental comparten arquitecturas genéticas que se solapan. Trastornos como la depresión, la ansiedad y el trastorno de estrés postraumático (TEPT) se agruparon en un mismo clúster, definido por alteraciones en los genes implicados en la biología de los oligodendrocitos —células responsables de la producción de la vaina de mielina aislante que rodea a las neuronas—.

Por su parte, el trastorno bipolar y la esquizofrenia se agruparon en una categoría independiente, definida por genes que afectan a las neuronas excitatorias, las cuales regulan la forma en que se transmiten las señales en el cerebro. Esto demuestra que la salud mental no viene determinada por genes aislados, sino por el funcionamiento de sistemas biológicos completos en el cerebro. Una misma arquitectura genética puede dar lugar a diferentes síntomas o diagnósticos, lo que significa que estas diferencias biológicas por sí solas no determinan el resultado.

Entonces, ¿qué pasa? 

Nacidos con vulnerabilidad, no con un destino marcado

A menudo hablamos de la heredabilidad de la salud mental, que varía según los trastornos. Pero si estas afecciones son genéticas, ¿por qué no las desarrollan todos los hijos de padres afectados? Porque los genes no determinan los resultados, sino que condicionan la sensibilidad. Un mismo bagaje genético puede dar lugar a trayectorias muy diferentes en función de las experiencias vitales.

Una de las demostraciones más reveladoras de esto proviene de los experimentos del “lamido de cachorros”. El desarrollo temprano, durante los primeros 2-3 años de nuestra vida, es un periodo crítico para el desarrollo de la salud mental. Factores como la cantidad y la calidad de los cuidados que recibimos de nuestros padres condicionan nuestro comportamiento. Lo mismo ocurre con otros animales, como las ratas. La madre rata, única cuidadora, muestra amor y afecto lamiendo y acicalando a sus crías. Las crías que reciben menos cuidados muestran mayor ansiedad, un peor rendimiento en el aprendizaje y una mayor vulnerabilidad al estrés en etapas posteriores de su vida. Estas diferencias están relacionadas con cambios epigenéticos en el gen que codifica el receptor de glucocorticoides (NR3C1), que regula la hormona del estrés, el cortisol (Weaver et al., 2004).

Todos nacemos con la misma información genética y nuestra secuencia de ADN es la misma en cada una de nuestras células, en cada momento de nuestro desarrollo. Sin embargo, las células de la piel, del hígado o del sistema nervioso difieren claramente en su forma, aspecto y comportamiento. Esto se debe a que no se utilizan todos los genes. Los mecanismos epigenéticos determinan qué genes se activan o se desactivan, dónde y cuándo. Estos mecanismos están influenciados por el entorno.

Un menor nivel de cuidados maternos conduce a una menor expresión del receptor de glucocorticoides, lo que significa que la respuesta al estrés no se desactiva de forma eficaz. Como resultado, el estrés se prolonga y tiene efectos más intensos. Aunque esto puede resultar adaptativo en entornos peligrosos, a largo plazo conduce a una “fatiga material” y aumenta el riesgo de problemas de salud mental, como la depresión. Las variantes genéticas influyen en el funcionamiento de los genes, pero el entorno determina cómo se utilizan esos genes. Ambos son esenciales.

En consonancia con esto, hay muchos factores ambientales y sociales que influyen en el riesgo de padecer problemas de salud mental. Entre ellos se incluyen la alimentación, la salud física y las condiciones de vida. Por ejemplo, seguir una dieta mediterránea se ha asociado con un menor riesgo de depresión, mientras que la deficiencia de vitamina D se ha relacionado con un mayor riesgo. La obesidad materna y la edad avanzada del padre se asocian con un mayor riesgo de trastornos del desarrollo neurológico, como el autismo y el TDAH. Las adversidades en la infancia constituyen uno de los factores de riesgo más importantes que se conocen para la esquizofrenia. Los factores sociales, como la marginación o el estrés crónico, se asocian con un mayor riesgo de problemas de salud mental. Incluso factores como el síndrome del intestino irritable aumentan el riesgo de trastorno bipolar ( Arango et al., 2021; Dragioti et al., 2022).

La salud mental suele considerarse un problema del cerebro. En realidad, está determinada por factores que van desde las moléculas hasta la sociedad.

Salud mental: de las moléculas a la sociedad

Esta interacción se refleja en trastornos como el TDAH, que presenta una heredabilidad de hasta 70%, aunque no puede explicarse por completo mediante las variantes genéticas identificadas (Brikell, Kuja-Halkola y Larsson, 2019; Faraone y Larsson, 2019). Las investigaciones demuestran que la predisposición genética puede influir no solo directamente en el niño, sino también en el comportamiento de los padres. Por ejemplo, el TDAH en sí mismo es un factor de riesgo para los trastornos alimentarios y el abuso de sustancias: puede aumentar la probabilidad de que se produzcan exposiciones ambientales antes y durante el embarazo que elevan aún más el riesgo (Havdahl et al., 2022).

En Europa se están diagnosticando más trastornos de salud mental que nunca. Pero, ¿realmente estamos enfermando más o simplemente hemos mejorado en su detección?

Cuando la sociedad cambia más rápido que la biología

En el caso de trastornos como el TDAH y el autismo, es probable que gran parte del aumento se deba a la mejora en el diagnóstico, a unos criterios más amplios y a una mayor concienciación. Sin embargo, en lo que respecta a la ansiedad y la depresión, la situación parece diferente. Los datos sugieren un aumento real, especialmente entre los jóvenes. Un amplio estudio poblacional noruego reveló que la prevalencia de síntomas de ansiedad y depresión en adolescentes de entre 13 y 19 años casi se duplicó, pasando de 15,3% (1995-1997) a 29,81 TP6T (2017-2019), y el aumento más acusado se ha producido en los últimos años. Las adolescentes se vieron especialmente afectadas (Krokstad et al., 2022). 

La genética y la biología humanas no han cambiado de forma sustancial en los últimos 20 años, pero nuestro entorno sí lo ha hecho. Es posible que la salud mental de los jóvenes esté pagando las consecuencias. Los cambios sociales actuales, especialmente la digitalización, la fragmentación social y la incertidumbre económica, parecen aumentar el riesgo.

Un estudio de seguimiento identificó la insatisfacción escolar (debido a la desincronización con respecto a la realidad que se percibe que se avecina, más que a factores como el acoso escolar, que mostraron una relevancia limitada) y el uso de las redes sociales como factores clave, si bien la reducción del tiempo que se pasa fuera de casa también influyó (soledad, alejamiento de la naturaleza, Brunborg et al., 2025).

La adolescencia es un periodo especialmente delicado. El cerebro aún se está desarrollando, los sistemas de respuesta al estrés son muy reactivos y muchos trastornos mentales aparecen por primera vez durante esta etapa. Las afecciones de aparición temprana suelen persistir hasta la edad adulta, lo que significa que las tendencias actuales pueden tener consecuencias a largo plazo (Blakemore, 2019).

Velocidades desajustadas

La salud mental no se debe a una única causa. Surge de la interacción constante entre la biología y la experiencia: entre los genes que portamos y los entornos en los que nos movemos. Nuestros genes no han cambiado en las últimas décadas, pero nuestros entornos sí. Si los problemas de salud mental están aumentando con mayor intensidad entre los jóvenes, puede que no sea porque sean más frágiles, sino porque son los primeros en experimentar plenamente un mundo en rápida transformación. 

Si los entornos que creamos influyen en la salud mental, también pueden protegerla. Diseñar sociedades, comunidades y espacios cotidianos que reduzcan el estrés, fomenten las relaciones y favorezcan el desarrollo no es solo una oportunidad, sino que es nuestra responsabilidad social.

Más información sobre el autor

Dr. Dorota Komar is an Iguality ambassador and epigenetics researcher with over 10 years' experience in biomarker and ageing research, currently leading multidisciplinary projects on metabolism and epigenetics at Eurecat, and a science communicator dedicated to translating complex research into accessible insights on environmental and lifestyle health.

Sobre el Autor

Dorota Natalia Komar

Dr. Dorota Komar is an Iguality ambassador and epigenetics researcher with over 10 years' experience in biomarker and ageing research, currently leading multidisciplinary projects on metabolism and epigenetics at Eurecat, and a science communicator dedicated to translating complex research into accessible insights on environmental and lifestyle health.

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